15 feb. 2014

Y en este día post-San Valentín, y como arranque del Año Cortázar, he aquí un poema que nos muestra una mirada diferente sobre una escena cotidiana, el puerto, los carros de basura, la ciudad, los deberes cotidianos…y en medio de todo eso, se acaba de cometer el más hermoso acto de amor anónimo..
LOS AMANTES
¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.
Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.
Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.
Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.






Lo que yo quiero... es que mueras por mí...!!

31 jul. 2013

EL AMOR ROMÁNTICO COMO UTOPÍA EMOCIONAL DE LA POSMODERNIDAD

 

Por Coral Herrera Gómez

El amor en la posmodernidad es una utopía colectiva que se expresa en y sobre los cuerpos y los sentimientos de las personas, y que, lejos de ser un instrumento de liberación colectiva, sirve como anestesiante social.
El amor hoy es un producto cultural de consumo que calma la sed de emociones y entretiene a las audiencias. Alrededor del amor ha surgido toda una industria y un estilo de vida que fomenta lo que H.D. Lawrence llamó “egoísmo a dúo”, una forma de relación basada en la dependencia, la búsqueda de seguridad, necesidad del otro, la renuncia a la interdependencia personal, la ausencia de libertad, celos, rutina, adscripción irreflexiva a las convenciones sociales, el enclaustramiento mutuo…
Este enclaustramiento de parejas propicia el conformismo, el viraje ideológico a posiciones más conservadoras, la despolitización y el vaciamiento del espacio social, con notables consecuencias para las democracias occidentales y para la vida de las personas. Las redes de cooperación y ayuda entre los grupos se han debilitado o han desaparecido como consecuencia del individualismo y ha aumentado el número de hogares monoparentales. La gente dispone de poco tiempo de ocio para crear redes sociales en la calle, y el anonimato es el modus vivendi de la ciudad: un caldo de cultivo, pues, ideal para las uniones de dos en dos (a ser posible monogámicas y heterosexuales).
De este modo, nos atrevemos a afirmar que los modelos de relación erótica y amorosa de la cultura de masas están basadas en la ideología del “sálvese quién pueda”. Mucha gente se queja de que los amores posmodernos son superficiales, rápidos e intensos, como la vida en las grandes urbes. Es cada vez más común el enamoramiento fugaz, y pareciera que las personas, más que lograr la fusión, lo que hacen es “chocar” entre sí.
Creo, coincidiendo con Erich Fromm, que a pesar de que el anhelo de enamorarse es muy común, en realidad el amor es un fenómeno relativamente poco frecuente en nuestras sociedades actuales: “La gente capaz de amar, en el sistema actual, constituye por fuerza la excepción; el amor es inevitablemente un fenómeno marginal en la sociedad actual”. Y lo es porque el amor requiere grandes dosis de apertura de uno mismo, de entrega, generosidad, sinceridad, comunicación, honestidad, capacidad de altruismo, que chocan con la realidad de las relaciones entre los hombres y las mujeres posmodernas.
Por eso creo que el amor, más que una realidad, es una utopía emocional de un mundo hambriento de emociones fuertes e intensas. En la posmodernidad existe un deseo de permanecer entretenido continuamente; probablemente la vida tediosa y mecanizada exacerba estas necesidades evasivas y escapistas. Esta utopía emocional individualizada surge además en lo que Lasch denomina la era del narcisismo; en ella las relaciones se basan en el egoísmo y el egocentrismo del individuo.
Las relaciones superficiales que establecen a menudo las personas se basan en una idealización del otro que luego se diluye como un espejismo. En realidad, las personas a menudo no aman a la otra persona por como es, en toda su complejidad, con sus defectos y virtudes, sino más bien por cómo querría que fuese. El amor es así un fenómeno de idealización de la otra persona que conlleva una frustración; cuanto mayores son las expectativas, más grande es el desencanto.
El amor romántico se adapta al individualismo porque no incluye a terceros, ni a grupos, se contempla siempre en uniones de dos personas que se bastan y se sobran para hacerse felices el uno al otro. Esto es bueno para que la democracia y el capitalismo se perpetúen, porque de algún modo se evitan movimientos sociales amorosos de carácter masivo que podrían desestabilizar el statu quo. Por esto en los medios de comunicación de masas, en la publicidad, en la ficción y en la información nunca se habla de un “nosotros” colectivo, sino de un “tú y yo para siempre”. El amor se canaliza hacia la individualidad porque, como bien sabe el poder, es una fuerza energética muy poderosa. Jesús y Gandhi expandieron la idea del amor como modo de relacionarse con la naturaleza, con las personas y las cosas, y tuvieron que sufrir las consecuencias de la represión que el poder ejerció sobre ellos.
El amor constituye una realidad utópica porque choca con la realidad del día a día, normalmente monótona y rutinaria para la mayor parte de la Humanidad. Las industrias culturales actuales ofrecen una cantidad inmensa de realidades paralelas en forma de narraciones a un público hambriento de emociones que demanda intensidad, sueños, distracción y entretenimiento. Las idealizaciones amorosas, en forma de novela, obra de teatro, soap opera, reality show, concurso, canciones, etc. son un modo de evasión y una vía para trascender la realidad porque se sitúa como por encima de ella, o más bien porque actúa de trasfondo, distorsionando, enriqueciendo, transformando la realidad cotidiana.
Necesitamos enamorarnos del mismo modo que necesitamos rezar, leer, bailar, navegar, ver una película o jugar durante horas: porque necesitamos trascender nuestro “aquí y ahora”, y este proceso en ocasiones es adictivo. Fusionar nuestra realidad con la realidad de otra persona es un proceso fascinante o, en términos narrativos, maravilloso, porque se unen dos biografías que hasta entonces habían vivido separadas, y se desea que esa unión sitúe a los enamorados en una realidad idealizada, situada más allá de la realidad propiamente dicha, y alejada de la contingencia. Por eso el amor es para los enamorados como una isla o una burbuja, un refugio o un lugar exótico, una droga, una fiesta, una película o un paraíso: siempre se narran las historias amorosas como situadas en lugares excepcionales, en contextos especiales, como suspendidas en el espacio y el tiempo. El amor en este sentido se vive como algo extraordinario, un suceso excepcional que cambia mágicamente la relación de las personas con su entorno y consigo mismas.
Sin embargo, este choque entre el amor ideal y la realidad pura se vive, a menudo, como una tragedia. Las expectativas y la idealización de una persona o del sentimiento amoroso son fuente de un sufrimiento excepcional para el ser humano, porque la realidad frente a la mitificación genera frustración y dolor. Y, como admite Freud (1970), “jamás nos hallamos tan a merced del sufrimiento como cuando amamos; jamás somos tan desamparadamente infelices como cuando hemos perdido el objeto amado o su amor”.
Quizás la característica más importante de esta utopía emocional reside en que atenúa la angustia existencial, porque en la posmodernidad la libertad da miedo, el sentido se ha derrumbado, las verdades se fragmentan, y todo se relativiza. Mientras decaen los grandes sistemas religiosos y los bloques ideológicos como el anarquismo y el comunismo, el amor, en cambio, se ha erigido en una solución total al problema de la existencia, el vacío y la falta de sentido.
Otro rasgo del amor romántico en la actualidad es que en él confluyen las dos grandes contradicciones de los urbanitas posmodernos: queremos ser libres y autónomos, pero precisamos del cariño, el afecto y la ayuda de los demás. El ser humano necesita relacionarse sexual y afectivamente con sus semejantes, pero también anhela la libertad, así que la contradicción es continua, y responde a lo que he denominado la insatisfacción permanente, un estado de inconformismo continuo por el que no valoramos lo que tenemos, y deseamos siempre lo que no tenemos, de manera que nunca estamos satisfechos. A los seres humanos nos cuesta hacernos a la idea de que no se puede tener todo a la vez, pero lo queremos todo y ya: seguridad y emoción, estabilidad y drama, euforia y rutina.
La insatisfacción permanente es un proceso que nos hace vivir la vida en el futuro, y no nos permite disfrutar del presente; en él se aúna esa contradicción entre idealización y desencanto que se da en el amor posmoderno, porque la nota común es desear a la amada o el amado inaccesible, y no poder corresponder a los que nos aman. La clave está en el deseo, que muere con su realización y se mantiene vivo con la imposibilidad.
Si la primera contradicción amorosa posmoderna reside fundamentalmente en el deseo de libertad y de exclusividad, la segunda reside en la ansiada igualdad entre mujeres y hombres. Por un lado, la revolución feminista de los 70 logró importantes avances en el ámbito político, económico y social; por otro, podemos afirmar que el patriarcado aún goza de buena salud en su dimensión simbólica y emocional.
En algunos países las leyes han logrado llevar las reivindicaciones de los feminismos a la realidad social, pese a que la crisis económica nos aleja aún más de la paridad y la igualdad de mujeres y hombres en el seno de las democracias occidentales. Además de esta ansiada igualdad legal, política y económica, tenemos que empezar a trabajar también el mundo de las emociones y los sentimientos. El patriarcado se arraiga aún con fuerza en nuestra cultura, porque los cuentos que nos cuentan son los de siempre, con ligeras variaciones. Las representaciones simbólicas siguen impregnadas de estereotipos que no liberan a las personas, sino que las constriñen; los modelos que nos ofrecen siguen siendo desiguales, diferentes y complementarios, y nos seguimos tragando el mito de la media naranja y el de la eternidad del amor romántico, que se ha convertido en una utopía emocional colectiva impregnada de mitos patriarcales.
Algunos de ellos siguen presentes en nuestras estructuras emocionales, configuran nuestras metas y anhelos, seguimos idealizando y decepcionándonos, y mientras los relatos siguen reproduciendo el mito de la princesa en su castillo (la mujer buena, la madre, la santa,) y el mito del príncipe azul (valiente a la vez que romántico, poderoso a la par que tierno). Muchos hombres han sufrido por no poder amar a mujeres poderosas; sencillamente porque no encajan en el mito de la princesa sumisa y porque esto conlleva un miedo profundo a ser traicionados, absorbidos, dominados o abandonados.Los mitos femeninos han sido dañinos para los hombres porque al dividir a las mujeres en dos grupos (las buenas y las malas), perpetúan la deigualdad y el miedo que los hombres sienten hacia las mujeres. Este miedo aumenta su necesidad de dominarlas; el imaginario colectivo está repleto de mujeres pecadoras y desobedientes (Eva, Lilith, Pandora), mujeres poderosas y temibles (Carmen, Salomé, Lulú), perversas o demoníacas (las harpías, las amazonas, las gorgonas, las parcas, las moiras).
Paralelamente, multitud de mujeres han besado sapos con la esperanza de hallar al hombre perfecto: sano, joven, sexualmente potente, tierno, guapo, inteligente, sensible, viril, culto, y rico en recursos de todo tipo. El príncipe azul es un mito que ha aumentado la sujeción de la mujer al varón, al poner en otra persona las manos de su destino vital. Este héroe ha distorsionado la imagen masculina, engrandeciéndola, y creando innumerables frustraciones en las mujeres. El príncipe azul, cuando aparece, conlleva otro mito pernicioso: el amor verdadero junto al hombre ideal que las haga felices.
Pese a estos sueños de armonía y felicidad eterna, las luchas de poder entre hombres y mujeres siguen siendo el principal escollo a la hora de relacionarse libre e igualitariamente en nuestras sociedades posmodernas; por ello es necesario  seguir luchando por la igualdad, derribar estereotipos, destrozar los modelos tradicionales, subvertir los roles, inventarnos otros cuentos y aprender a querernos más allá de las etiquetas.

21 jun. 2013

LA ABOGADA NICOLE WONG ES LA NUEVA ASESORA EN TEMAS DE INTERNET Y POLITICAS DE PRIVACIDAD DE LA CASA BLANCA



La administración del presidente de EE.UU., Barack Obama, nombró a la abogada de Twitter, Nicole Wong, como la nueva asesora sobre internet y políticas de privacidad de la Casa Blanca.

Wong trabajará con el Jefe de Tecnología, Todd Park, y se unirá con la Casa Blanca en sus esfuerzos por luchar contra los hackers.

Su nombramiento tiene lugar al tiempo que la administración del presidente Obama lidia con acusaciones relacionadas con su programa de vigilancia en Internet y de las escuchas telefónicas, como medida para luchar contra los ataques terroristas.

El portavoz de Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca, Rick Weiss, declaró que Wong trabajará como official de tecnología para los Estados Unidos junto a Park en cuestiones como Internet, privacidad y otras áreas relacionadas con tecnología.

“Tiene una experiencia tremenda en estos temas y una inigualable reputación de justa y honesta, por ello deseamos que se una pronto a nuestro equipo”, dijo Weiss.

El Congreso y la Casa Blanca llevan más de un año buscando la mejor estrategia para enfrentar los ciberataques y mejorar la seguridad cibernética del país.

Wong, que era la encargada de temas legales para la compañía Twitter, testificó frente al Congreso sobre su preocupación en materia de censura en internet en diferentes países del mundo.

En 2010, cuando Wong era vicepresidenta de Google y consejera general adjunta, dijo en una audiencia del Comité Judicial del Senado que el gobierno de EE.UU. debería incluir la libertad en internet como una parte esencial de su política exterior.


5 jun. 2013

COSMOPOLITAN Y SUS PORQUÉS...

 Por: azoteortográfico.com

Ya se sabe que las erratas en la prensa están a la orden del día; no en vano el diario El País, en su artículo «Errores y horrores de agosto», reconoció algunas de las gravísimas meteduras de pata que se habían podido apreciar en sus páginas durante dicho mes. Esto evidencia, entre otras cosas, que los lectores no se toman precisamente a la ligera el hecho de que la calidad de la redacción de un periódico merme de una manera tan apreciable. Podría aplicarse el cuento más de uno.

No pretendo en esta entrada soltar ninguna perorata acerca de la importancia de la figura del corrector (profesión esta cada vez más infravalorada) y al hecho de que muchas publicaciones han prescindido de esta figura, lo cual ha repercutido directamente en el resultado final de sus textos; sobre todo porque precisamente Cosmopolitan es una de las pocas que sigue manteniendo entre sus filas a una correctora de estilo y, aunque se cuelan algunas cosas, no suele estar entre las revistas peor escritas del quiosco, precisamente.


En esta ocasión, sin embargo, el patinazo ha sido mayúsculo; no ya por la naturaleza del error en sí, dado que es algo que se aprende en la escuela primaria, sino porque ha aparecido en la mismísima portada.  

Obviando los anglicismos innecesarios, que no son pocos («tips» por «trucos» o «consejos»; «low cost» por «bajo coste» o «bad boys» por «chicos malos»), la mayor patada al diccionario es ese porqué en la frase «Porqué nos gustan los chicos malos».

La escritura de esta expresión siempre ha traído cola pues, para conocer cuál es su ortografía correcta, hay que distinguir su función en el contexto. En el caso que nos ocupa, se trata de una oración interrogativa indirecta: por tanto, debería existir un espacio entre por y qué, al tratarse de la preposición por más el pronombre interrogativo qué. Así, la frase debería aparecer como «Por qué nos gustan los chicos malos».

Aprovechando esta entrada, me gustaría ofrecer una explicación sobre este caso y las formas en que puede darse.

1. Por qué (separado y con tilde). Se escribe así cuando coinciden la preposición por con el pronombre interrogativo o exclamativo qué. Aparece, por tanto, en oraciones interrogativas y exclamativas, tanto directas como indirectas. «Me pregunto por qué prefieres el verde en lugar del rojo».

2. Porqué (junto y con tilde). Es un sustantivo, equivalente a razón o motivo. Puede ir precedido por un determinante. Un ejemplo: «No entiendo el porqué de su marcha».

3. Porque (junto y sin tilde). Es una conjunción causal átona. Suele equivaler a puesto que o ya que, entre otras. «No compré huevos porque pensé que había».

4. Por que (separado y sin tilde). Pueden darse dos casos:

    4. 1. Preposición por más pronombre relativo que. En este caso, que puede sustituirse por el cual (o bien en femenino o en plural, según el contexto). «Esta es la puerta por que entramos».

     4. 2. Preposición por más conjunción subordinante que. Aquí no cabe la sustitución de la que hablaba en el epígrafe anterior. Sin embargo, que puede sustituirse habitualmente por la expresión el hecho de que. «Esta exposición se caracteriza por que los cuadros proceden de varios museos extranjeros».

Me consta que, en muchas ocasiones, ni siquiera la presencia de un corrector puede evitar que aparezcan errores y erratas en las publicaciones, pues el ritmo de trabajo es frenético y, a veces, muchos de los textos ni siquiera llegan a manos del corrector, o bien son modificados después de su revisión. No obstante, que una cosa así se cuele en la portada de una publicación clama al cielo. ¿A cuánta gente se le ha pasado su presencia para haber llegado así a los quioscos? 

3 jun. 2013

LA INDIFERENCIA GARPA

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Por Pau Salerno

Una nena de ocho años llora. Las causas de su angustia llueven a cántaros a través de sus labios que, a la vez insistentes y resignados, buscan un gesto de comprensión por parte de su mamá. O, al menos, de la amiga de esta, tía, madrina, colega o lo que fuere, que permanece sentada frente a ella en la mesa de un bar timidongo situada en la vereda de una de las avenidas más concurridas de Buenos Aires. Yo me codeo con esta imagen justo cuando salgo del cyber donde me dicen que no hay máquinas libres si quiero imprimir, que volvé más tarde, que todavía no cerramos. Veo a la nena desconsolada y a la costumbre con que sus madres miran de refilón esos sentimientos infantiles. Primero trato de entender qué le pasa, pero en seguida caigo en el pozo con fondo de la indiferencia adulta. Y ahí recuerdo que los chicos, y más aún los bebés, lloran. Ante cada frustración. No porque son llorones o porque están aburridos, sino porque les sale; y los grandes somos reprimidos y, claro, represores. Pienso entonces en Mary Douglas y su clasificación cuadricular de la sociedad. Para nuestra amiga Mary -no concheta, sino británica; no correcta, sino antropóloga-, las personas más adaptadas socialmente son aquellas que mayor autodominio poseen. La idea, entonces, para ser aceptado por quienes a uno lo rodean, es ocultar(se) los propios sentimientos, deseos, emociones, necesidades. El cuerpo contiene, la sociedad -como cuerpo- también.
Instantáneamente el precepto dime cuánto reprimes y te diré cuán digno de relaciones sociales eres me traslada, diría en una asociación libre -aunque lo suficientemente reprimida como para que la relate fuera del diván-, a revisar mentalmente los últimos chats que mantuve con algún que otro hombre. Mi temor a pensar en mi incapacidad para el amor me conduce desde lo personal hacia lo social, y caigo en la cuenta de que no sólo el chat, sino también el inbox, el twitter, las publicaciones en facebook, el whatsapp, el mensaje de texto, etc., etc., responden a una misma metodología de interacción. Denominador común: mensajes cortos, despreocupados y autosuficientes. Un guiño que en un santiamén dice hola y se traduce en chau. Cierro el ojo, hola; lo abro, chau.
Pero esta comunicación vía indiferencia no hinca sus raíces en aquella despreocupación injustamente lógica de los adultos para con los berrinches infantiles. En la web, abundan las caprichosas exposiciones de mini-comentarios que, casi a la manera de Augusto Monterroso, son bálsamo de síntesis e ingenio. Este cortejo (hacia el otro y hacia uno mismo) responde a un anhelo de aprobación ajena que novia con el narcisismo. No se sabe si a uno le importa el otro, o si al otro le importa uno, o si uno sólo se quiere a uno y no al otro, o si el otro es un otro borgiano en que intentamos reflejarnos y del cual nos queremos alejar a la vez que nos enredamos en una orgía de yoes. La propia exposición -esencia de las concurridas redes sociales- se convierte en autocontemplación.
Ojo, a riesgo de pecar de demodé, pido que no seamos ilusos: el narcisismo no es sólo amor propio. Es hoy una jugarreta que nos lleva a conformarnos amargamente con la realidad y a hacer de cuenta que no nos importa lo malo, que nos reímos de eso, que es un caos, sí, pero no nos importa, que somos feos o tontos o nos equivocamos, pero está todo bien, boludo, no pasa nada. Nada. Y la indiferencia intersubjetiva vuelve a ganar.
Para consolarme posmoderna y risueñamente ante mis fiascos amorosos del apasionante mundo del hashtag, se me ocurre una explicación provisional: al ser conscientes de la imposibilidad de la perfección, trazamos un mundo naîve donde el ideal es como una diva almodovariana. Y la diva, de golpe, choca con su propia realidad: se acerca a su sueño rosado a la vez que se aleja de él sumergiéndose en una divina auto-risotada. Seductoramente camina la faceta antiheroica de los jóvenes posmodernos y se vuelve hilo conductor de affaires y enemistades.
A no ser que seas un avezado escritor de microchats, el espencerismo cibernético corre el riesgo de enviarte un rato al rincón de los rebeldes incomprendidos o, sin eufemismos, comunes chateadores sin tanta vuelta. Entonces las contradicciones para con este mundo -tan odiado y tan necesitado- se amigan gracias a la propia histeria, que está ahí en frente mirando de reojo y vestida con minifalda y escote. Y cedemos, hasta que no más. Entonces se asoma el llanto que nos encantaría fuera como el de la nena de ocho años, y que reprimimos porque es un lujo que este mundo no nos permite.
Conformista quizás, optimista tal vez, negadora, indiferente, posmodernamente, la inmediatez reviste a nuestros actos de un modo que, paradójicamente, nos cobija. El vaivén de emociones se traduce en un subibaja que por momentos divierte, a pesar de encontrarse en el ilusorio mundo infantil, a pesar de que la tierra esté al acecho. Afortunadamente el deseo se concreta cada tanto y desafía nuestra seguridad autocontemplativa. Ahí, entonces, cada tanto,  podemos pensar con satisfacción efímera pero intensamente posmoderna, la indiferencia garpa. ////PACO

31 may. 2013

RUIDO DE TACONES EN EL DESPACHO OVAL

 

Kathryn Ruemmler, consejera legal de Obama, irrumpe en el circuito más influyente del presidente y se convierte, a su pesar, en un icono de estilo.

 Kathryn Ruemmler, durante una reunión con Obama en el Despacho Oval. / Pete Souza (The White House)

Ella es uno de ellos, una de las pocas mujeres que ha logrado entrar en lo que parece ser un club de hombres, también conocido como la Casa Blanca de Barack Obama, donde las mujeres se han quejado por sentirse marginadas. Tan solo tres conforman un Gabinete formado por poco más de una docena de personas. Y sin embargo, cuando se trata de asesorar al que es probablemente el hombre más poderoso del mundo, siempre es una voz femenina la que le susurra al oído.



Si Valerie Jarret es la sombra consejera perenne que nunca se separa del presidente y Katie Johnson la secretaria personal que recuerda a Obama en qué día vive y con qué líder extranjero está almorzando, Kathryn Ruemmler asesora al mandatario legalmente en asuntos como la guerra contra el terrorismo, nombramientos o la reforma migratoria.
Ruemmler no lleva el marchamo de uno de los nuestros, no pertenece al selecto grupo que acompaña a Obama desde sus días de Chicago y no ha trabajado en ninguna de sus dos campañas. Pero desde junio de 2011 está al frente de la oficina que centraliza y responde a las investigaciones que sufre la Casa Blanca y quien maneja las citaciones que solicitan los republicanos. La misión de esta abogada de 42 años licenciada en Georgetown es mantener al presidente y otros importantes nombres de la Administración alejados de tribunales y escándalos.



La oficina que dirige Ruemmler ha sido noticia en las semanas pasadas por el manejo dado a temas como la discriminación hecha por hacienda a grupos conservadores; el ataque de Bengasi (Libia) el pasado 11-S y el espionaje del Departamento de Justicia a la agencia de noticias AP. Ruemmler también ha hecho ruido por motivos que nada tienen que ver con su abultado currículum y que ya hacen que se la conozca más por ellos: a la jefa de los abogados de la Casa Blanca la enloquecen los zapatos, cuanto más alto el tacón mejor y de renombrado estilista.
Su pasión por los zapatos es legendaria y el primer documento gráfico que existe de ello es en su alegato final como fiscal del Departamento de Justicia en 2006 contra los directivos de Enron subida en unos stiletto, más conocidos como zapatos de tacón de aguja, de más de 10 centímetros (altos, muy altos). La abogada de los abogados, una de las personas con la cabeza más fría de la Casa Blanca, recorre las salas del Ala Oeste sobre sobrios y carísimos Manolo Blahnik o unos sofisticados (y todavía más caros) Christian Louboutin (no los de la suela roja que ya han hecho escuela, que también, sino la última creación del diseñador francés).



Y, como suele suceder cuando una mujer accede al sistema del poder, entra de lleno en lo que la redactora de The Atlantic Online, Garance Franke-Ruta, denomina el sistema de belleza. O lo que es lo mismo: ser juzgada por su apariencia mucho más de lo que lo es un hombre. Eso le ha pasado esta semana a Kathryn Ruemmler a quien The Washington Post dedicó un reportaje sobre sus zapatos.

(Fuente. El Pais)

30 may. 2013

FASHION VICTIMS

 

(Yolanda Dominguez)



BangladeshCamboyaChina se suceden las tragedias ocasionadas por el mundo del textil, miles de trabajadores esclavizados sostienen los derroches del llamado “primer mundo” y sufren las graves consecuencias del consumismo desmedido al otro lado de la balanza.

Mientras en un lado del planeta la balanza toca el suelo atiborrada de objetos que alimentan el ego, en el otro extremo se desvanecen vidas a cada puntada: ellos sí son los verdaderos “fashion victims”.

Marcas, diseñadores, bloggers, medios… el mundo de la moda no puede obviar los hechos y mirar hacia otro lado. Todos somos responsables de esa realidad, incluso los consumidores podemos transformarla eligiendo productos que respeten a las personas y al medio ambiente.

“Fashion Victims” es una acción urbana inspirada en los recientes acontecimientos en Bangladesh (el derrumbe el 24 de abril de varios talleres textiles que acabaron con la vida de 1.127 trabajadores) que pretende dar visibilidad a los verdaderos “fashion victims”: los trabajadores esclavizados, la explotación infantil y los millones de perjudicados por la contaminación que producen las fábricas en los países de producción.


Hoy varias “blogueras” han aparecido sepultadas bajo escombros en la calle Gran Vía de Madrid, dejando entrever algunas extremidades con lujosos complementos (bolsos, zapatos…) que recuerdan a las imágenes publicadas de la tragedia de Bangladesh donde asoman brazos y piernas de las víctimas bajo los restos del edificio. 
Son muchos los transeúntes que se han parado a hacer fotos, (alguno preocupado para socorrerlas), muchos lo asociaron enseguida con la tragedia de las fábricas y otros miraban hacia arriba pensando simplemente que alguien se había suicidado...

Un llamamiento a la producción y el consumo responsables, tanto con las personas como con el planeta. 





Quiero agradecer especialmente a mi entregado y numeroso equipo de producción: sin vosotros esto no habría sido posible!!!
Actrices: Anaïs Dumas, María Sánchez, Maria José García Piaggio
Vídeo: José Enrique Padilla, Johanna Hernández, Nicolo Vélez
Fotografía: Olivia García, Giovannina Sequeira, Irene Navarro, Stela Stonem, Yolanda Domínguez
Producción: Carolina Mendoza Castro, Hugo de la Morena
Estilismo: Elena Calderón, Víctor Domínguez
Música: Jorge Salgado
Escombros: Azulejos Petri

2 abr. 2013

MARTES DE LLUVIA AL MEDIO DÍA...

 
 
"Hoy me permitiré escribir una lineas
Para ti.
Espero perdones mi forzada escritura…
Trate de hacer un buen escrito…
Deseo en unas cuantas lineas
Compartir un aspecto tuyo que me atreveré a mencionar.
y tu diras si llego a gustar.
Y ese aspecto se lo puede citar en una palabra.
la misma es similar a la a ese sentimiento que nos sugiere un día soleado
en el cual nos encontramos tendidos sobre la acogedora alfombra verde
disfrutando de la calma que tan amablemente nos da la naturaleza
esa misma palabra es utilizada con frecuencia
por aquellos individuos que no solo desean existir
sino que se internan valientes en duro afán de trascender
no esperan nada a cambio, pero a pesar de todo los recodamos como, artistas.
Ahora dejo a tu imaginación la identidad de la misma
Que su nombre sea un secreto… entre tu y estas líneas.."

22 mar. 2013




EL COMPROMISO CON LA FANTASÍA




 
Hace unos días, leí una entrevista al escritor rumano Mircea Cartarescu donde sostiene que escribe solo sobre la imaginación y no comparte el gusto general por la literatura realista.
“No entiendo por qué hay que escribir sobre un divorcio” dice.
Recuerdo que Alberto Fuguet confesó que soportaba cada vez menos las novelas y se dedicaba solo a leer crónicas. Definitivamente, el ascenso de la crónica literaria en el habla hispana en la última década ha sido enorme, con una lista de autores importantes en cada país, multiplicándose las antologías, los proyectos comunes internacionales, las revistas especializadas e incluso exitosos cursos titulados como “De cerca nadie es normal”, un taller para escribir perfiles dictado por uno de los cronistas peruanos más interesantes de esta hornada, Julio Villanueva Chang, fundador de la revista Etiqueta negra. Quizá, a diferencia de Cartarescu, Villanueva sí consiga encontrar sentido a escribir sobre un divorcio.
Ciertamente, cada vez se publican más crónicas, memorias, libros de no ficción, autobiografías y biografías. Sin embargo, acepto que a mí cada vez me interesa menos el cartelito “basado en hechos reales” en cualquier libro, y me dejo seducir por la capacidad de crear fantasías, ficciones poderosas con la capacidad para instalarse en el cerebro del lector con una fuerza que jamás tendrá la realidad y sus rutinarias certezas.

No intento teorizar sobre qué es la ficción en general, o la ficción realista en concreto (¿se habrá referido Cartarescu a Anna Karenina cuando dice que no entiende cómo alguien puede interesarse en un divorcio? Lo dudo). Solo quiero, en medio del desfile de cronistas y escritores documentados, romper una lanza a favor de aquellos que optan por la fantasía y la imaginación. Cuando leo una novela realista no me pregunto cuán real es lo que me cuentan, cuán topográfico es el retrato de las calles o si están datados los hechos que cuentan. Me dejo llevar, incluso en esos casos, por el ideal de un escritor que inventa un mundo sin necesidad de rendirle cuentas a la realidad. O, en todo caso, un autor que confía solo en la realidad que nace de sus propias necesidades como escritor, es decir, como suplantador de Dios o deicida (en palabras de Mario Vargas Llosa) creador de un mundo a su imagen y semejanza, cuyas reglas solo servirán para ese mundo.
Aunque me gusta la crónica o la autobiografía, he descubierto más verdad y más belleza en los libros de ficción. Creo que todos hemos venido al mundo a aprender una lección; dudo que la lección que debo aprender yo esté en un libro basado en hechos reales. Aprendo más de los seres imaginados, de los mundos de fantasía, que de cualquier intento de notariar acontecimientos. Prefiero perdeme por pasadizos que no llevan a ninguna parte, introducirme en sueños ajenos y encontrarme con fantasmas o seres imaginarios en vez de burócratas de trajes arrugados o personajes u objetos extravagantes a los que se les ha dedicado un perfil. Tampoco me molesta leer una novela y saber que el autor inventa un mundo que ya existe, edifica una ciudad de espectros encima de una ciudad auténtica. Me molesta el decorado, no me gusta las novelas que son como un episodio de Mad Men: un gran trabajo de producción que pretende retratar una época con tanta exactitud que resulta artificial. Prefiero el absurdo, la imaginación, la pátina intimista que nubla y borra las formas y las personas.
En épocas en las que, se dice, no existe el “escritor comprometido” yo he renovado mi compromiso con la fantasía. Lo he hecho gracias a Nostalgia, el maravilloso libro de Cartarescu publicado por Impedimenta. No puedo sino recomendarlo insistentemente, como quien recomienda no un destino turístico ni un viaje sociológico o antropológico a la vida de los otros, sino un lugar donde es posible recorrer por un tiempo para regresar luego al mundo con ojos nuevos, transparentes, y la certeza de que ese lugar ahora habita en nuestro interior.
Lean a Cartarescu.
(Fuente: http://ivanthays.com.pe/pos)